Viaje a Alpatacal, el pueblo fantasma del desierto paceño

Los dos últimos vecinos se fueron en 1993 por la muerte del tren. Antes se habían desgranado otras 14 familias. También se fue Pantaleón Ordóñez, el almacenero que servía cerveza bien helada a pesar de no tener heladera

Y un día de 1993, Florencia Ortiz y Roberto Núñez cargaron sus cosas en una camioneta y se fueron para siempre. Entonces Alpatacal, o Cadetes de Chile si se prefiere, fue definitivamente un pueblo fantasma. Antes, como desgranándose, se habían ido las otras 14 familias, incluido el almacenero Pantaleón Ordóñez, a quien no le sirvió de nada su pacto con el diablo.
Los años anteriores Satanás le había permitido vender cervezas heladas los fines de semana de enero, a pesar de no tener heladera ni nada parecido, y le había regalado una modesta prosperidad en pleno desierto.
El pueblo nació y murió con el tren. La estación Alpatacal, allá en el desierto de La Paz, fue inaugurada el 31 de marzo de 1910, unos años después de que quedara habilitada la vía a Mendoza. El pueblito fue así: la estación; la escuela 1-353 Manuel Gálvez, donde se educaba un promedio de 30 chicos; el almacén de Pantaleón Ordóñez (“don Panta”, le decían), y 15 familias más o menos acomodadas en casas de adobe, todas con algún integrante ligado a la vida ferroviaria y algunos también haciendo monedas en las dos estancias cercanas, la de Galeano y la de Auría. Y nada más.
El tren no sólo traía trabajo, víveres, combustible y correspondencia. También traía agua potable. Y en 1993, cuando ya no hubo tren, tampoco hubo agua. Y sin agua no hay nada.
“A mí me gustaría volver a vivir allí. Yo pasé toda mi infancia, hasta los 16. Y si la Municipalidad, por ejemplo, asegurara la provisión de agua, yo volvería”, dice Mariela, ahora de 40 años, que tuvo que dejar el lugar cuando el éxodo fue completo.
En esta historia pueblerina de 83 años, hay algunos hitos importantes. Sin duda la fecha trascendental fue la del 7 de julio de 1927, cuando dos trenes chocaron de frente allí. Murieron 29 personas y 57 resultaron heridas. De los fallecidos dos eran cadetes chilenos, 10 eran militares trasandinos y 17 fueron obreros ferroviarios.
Esa tragedia hizo que la estación de Alpatacal pasara a llamarse Cadetes de Chile y que la primera estación más cercana hacia el Este fuera bautizada “Maquinista Levet”, en honor a Arthur James Levett, quien era el conductor del tren que había partido de Buenos Aires y que se inmoló intentando evitar o al menos minimizar el impacto frontal.
Otra fecha trascendental fue, claro, la privatización y partida de defunción del ferrocarril durante el gobierno de Carlos Menem.
Con Alpatacal ya convertido hacía tiempo en pueblo fantasma, entre el domingo 13 y el lunes 14 de agosto de 2006 una banda de 6 hombres robó la estatua de 3.000 kilos de bronce que recordaba la tragedia, cargándola en un camión y vendiéndola a una chacarita por $28.000. La imagen era la de una mujer con una palma en la mano y uno de sus pechos descubierto.

Pero, mientras hubo vida en el pueblo, la realidad y la magia se mezclaron en partes iguales y nadie sabía muy bien donde comenzaba una y terminaba la otra.

De costumbres y otras yerbas

Todos o casi todos eran originarios de La Paz, de Desaguadero y de los pueblos cercanos. Durante los 83 años de historia del pueblo allí nacieron y murieron varios vecinos.
Todos eran parientes, más o menos directos.
No había mucho para hacer en el pueblo y la única diversión organizada comunitariamente era que cada familia preparara su comida y su bebida y todos la reunieran en un mismo sitio y que la noche culminara en un baile, gracias a un equipo electrógeno que permitía iluminación y música.
Pero también había trabajadores que durante la semana estaban en Alpatacal y durante el fin de semana regresaban a su pueblo de origen. Esos acostumbraban disputar extensas partidas de cartas y juegos varios.
El sitio preferido era el almacén de ramos generales de Pantaleón Ordóñez. Los habitantes de Alpatacal / Catedes de Chile cuentan lo mismo: que “don Panta” tenía tratos con el diablo. Como forma de ejemplificar esto y dar pruebas, se sostiene que en su boliche se jugaba a las cartas y a las bochas y que, por más que fuera pleno verano y que no hubiera ninguna heladera en el pueblo, el bolichero servía las cervezas heladas, perfectas, idílicas.
“Don Panta llevaba picadas completas a las mesas acompañadas de botellas de cerveza totalmente congeladas, por más que jamás tubo dónde enfriarlas”, dicen.
Además aseguran que el almacén de Ordoñez era muy próspero, a pesar de la escasa clientela y estar enclavado en medio del desierto, gracias al pacto hecho con Satanás.
Pero dicen que don Panta y su esposa querían romper ese pacto. Incluso los vecinos, aquellos que compartían la vida lejana en Alpatacal, sostienen que la mujer de Pantaleón quemó algunos libros de magia negra y de ritos malévolos. A partir de allí la suerte del almacenero cambió rotundamente. “Se lo veía hecho un croto, como los que solían llegar al pueblo en el tren”, cuentan.
“Me acuerdo cuando don Panta vino a despedirse. Almorzamos tallarines y él contaba que ya no quería dormir en su casa, que estaba pegada al almacén, porque amanecía todo rasguñado. Nos mostró las marcas”, contó una vecina. “El se quería ir de ahí. No aguantaba más”.
Lo que le ocurría a Pantaleón no era lo único llamativo que ocurría en el pueblito.
“Había un chañar que era la salamanca de varias brujas. Por las noches se las escuchaba y se las veía. Hoy, cuando vuelvo al pueblo, todavía ese chañar está tal cual aquellos años, igual de verde, igual de grande. No ha cambiado nada, ni una sola rama”, contó una ex vecina.
Y también se recuerda “al chancho con cadena”. ¿Qué era eso?
“Eso, un chancho con cadena. Se lo veía correr por alguna calle del pueblo, por alguna huella, por las noches. Un chancho arrastrando una cadena, como si se hubiera escapado de algún lugar, pero nadie tenía chanchos en el pueblo”.

A pesar de todo esto, nadie tiene de Alpatacal / Cadetes de Chile un recuerdo oscuro o macabro, todo lo contrario. Los consultados que han vivido allí añoran esos tiempos y añoran regresar. Después de todo la magia y la realidad saben convivir perfectamente. Como en Macondo.

 

Por www.diariouno.com.ar

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